De la misteriosa necesidad de practicar un deporte



Subir a una Yamaha R6 con la intención de competir en un autódromo, después de mis veintes, me hizo entender dos cosas: uno, me dirijo hacia donde miro, es decir, tomar una curva en una moto implica, justo en ese preciso momento, observar lo que viene, y en caso de entrar a una recta, la mirada debe estar en el horizonte, nunca en la moto, ni en el acelerador, ni en los otros competidores, los ojos van un segundo por delante de la velocidad de la moto; dos, los límites son una construcción propia y solo ayudan en la medida en que se destruyen, lo digo porque cuando pude llevarla a 100 km/h sentí que ya lo había logrado, sin embargo, al bajarme, luego de un par de vueltas, satisfecha y orgullosa de la hazaña, mi instructor me dijo que si solo iba a llegar hasta ahí, no era necesario continuar, “si quiere correr, siempre tendrá que ir más allá de los límites que usted se ponga”. La siguiente vuelta la di a 120 km/h.

Conclusión: fije la mirada en donde quiere estar y no le crea a sus límites.

De niña tuve una obsesión muy grande con el básket al igual que mi mamá: ambas empezamos a jugar con seis años. Fue más o menos una década de pasión desmedida. Lo único que tenía en mente era jugar, saltar, competir, sudar, en eso se resumía mi vida. Este primer amor terminó con unas lesiones de rodilla que me condujeron a tres cirugías, todas antes de los veinte años, y a un consejo del ortopedista que aún no olvido: “si le gusta tanto el deporte, le va a tocar dedicarse al ajedrez”. Ahí empecé a leer. Hoy en día, después de años de duelo, aprendí que, para no hacerme daño físico, mi cuerpo debe estar bien alineado de pies a cabeza y solo unos músculos fuertes permiten hacer este ajuste. También aprendí que para lograr esa alineación física debo primero equilibrar mis otros cuerpos: el emocional y el mental. El básket me dio disciplina y humildad, y me enseñó a leer y a escuchar a mi cuerpo. Tenía dieciocho años cuando tuve que dejarlo.

Conclusión: la fuerza ayuda a caminar de manera alineada, no pierda su ligereza.

Con la natación he logrado sentir el roce del agua en mi piel como si fuera aire. La gran enseñanza: fluir, sentir. Si hay algún lugar en este planeta en donde se puede volar es en el agua. Hoy en día sé que de niña, antes del baloncesto, nadaba y bailaba.

Conclusión: vuele.

He aprendido que yo no soy mi cuerpo, que este solo es una herramienta para experimentar la vida. Ni siquiera sé si es mío y al parecer no se trata solo de uno. Un amigo me dijo: “usted es como un pato… puede correr, volar y nadar. Sin embargo, no corre, no vuela y no nada”. Ahora lo tengo claro: soy un pato que levanta pesas, que hace crossfit, que boxea, que juega tenis, que baila.

Somos polvo de estrellas y estamos hechos de átomos conectados y ensamblados nacidos de un mismo fuego cósmico. Estamos unidos al universo, y a la vida en él, en dimensiones incomprensibles. Vivimos en constante y eterno movimiento, en nuestro interior y en nuestro exterior. Hasta la parte más mínima de cada uno de nuestros átomos siempre se está moviendo. Ahí radica esta misteriosa necesidad de practicar un deporte. El deporte no es más que movimiento y el movimiento es vida.


IG @la.monarka

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