La teatralidad en el fútbol
- Luis Alejandro Díaz

- hace 3 días
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Actualizado: hace 1 día

La teatralidad en el fútbol, al igual que la mentira, el engaño, y el error, parecen ser hoy en día el peor enemigo de la industria que administra, controla y comercializa esta sencilla muestra de expresión humana: el fútbol. Hubo un origen, con pocas reglas, sin dinero de por medio y con muchos valores deportivos. Pasaron los años y ese juego pasó a otra instancia al transmitirse por medio de una competencia. Entonces apareció el dinero, los sponsors, las mafias, las apuestas y la regularización moral y ética. Y el precio que se está pagando es muy alto.
La condición humana, su exploración hasta límites desconocidos, fue la empresa de Tolstoi, de Balzac, de Víctor Hugo, de Shakespeare, de Dostoyevski, de Poe, pero también de Pelé, de Puskás, de Sindelar, de Cruyff, de Maradona y de Bilardo. Y sin embargo, a pesar de todas las páginas que escribieron, que jugaron a escribir de manera profesional, solo llegaron a una conclusión: la condición humana es contradictoria. Esa es nuestra esencia, nuestro núcleo vital, nuestras coordenadas siempre dudan, siempre se arrepienten, tomamos decisiones equivocadas y cambiamos radicalmente de ideas de un segundo a otro.
No obstante, en esas páginas no hay ni buenos ni malos. Ni Raskolnikov, ni Ricardo III, ni Charles Bovary, ni el conde Vronsky son personajes malvados. Tampoco es malo el gol de la mano de Dios, ni el cabezazo de Zidane, ni el gol del título inglés en el 66 ni mucho menos el penalti de Sensini en el 90. Todo lo contrario, acá lo que podemos ver son seres humanos que deben enfrentar esa contrariedad del alma, del espíritu, de las ideas, del alma, del corazón, del cuerpo y de la mente, en la soledad de las páginas en donde solo el lector ve su crisis y en la soledad del césped donde el griterío ensordece al crack.
En el fútbol de hoy en día, de repente, sí hay buenos y hay malos. Y hay una preocupación por regularizar su práctica ética y moralmente como si el juego, que nace se reproduce y muere en 90 minutos tal cual como la obra de teatro o el libro o la película, necesitara obligatoriamente las reglas que usamos de este lado de nuestra vida donde el juego no hace parte de nuestra cotidianidad.
Es un tema que podría abordarse desde la proliferación de discursos de legitimación que emergen a diario por el mundo: en Inglaterra ha sido reescrita la literatura de Roal Dahl para evitar frases y palabras como: «extraña lengua africana», «enorme» en vez de gordo porque esas expresiones hoy son ofensivas para nuestra sociedad. Igual que el futbolista que busca engañar al árbitro, el goleador que celebra un gol en fuera de lugar, los puños que van y vienen en los tiros de esquina, las batallas discursivas entre jugadores o los errores descarados, inexplicables e impresentables del árbitro.
Muchos defienden el VAR porque su objetivo es evitar el error humano, que en el fútbol ha estado acompañado del dinero, y atenta contra la transparencia, la equidad, y la justicia en el juego del fútbol, ¡cómo si la vida fuera justa! Esta es la policía que castiga la mentira, la teatralidad, el error y ahora, el lenguaje. Puede que el objetivo del fútbol no sea la exploración de la condición humana, aún así, su desarrollo y su éxito o fracaso depende en un 100% de la creatividad y de la intuición tanto del jugador como del entrenador. Acá se unen los artistas.
Perseguir el error humano, la teatralidad de la vida, su picaresca, y castigarlo, hará que muy pronto el juego del fútbol se convierta en un objeto cultural diferente, capaz de defender contra todo y contra todos, todo lo que la especie humana no es: rectitud moral y ética intachable, perfección. Aclaro: esto no es estar en contra de lo que la humanidad ha construido como proyecto, todo lo contrario, es alertar por la contradicción que hay entre la necesidad de multiplicar dinero al interior del fútbol sin ensuciar la marca ni ofender a nadie, algo que sencillamente es imposible porque quien hace palpable y visible ese producto inmaterial, ese bien intangible llamado fútbol, son las emociones y la pasión.
No creo en el VAR. No creo en los beneficios de su presencia. Creo en el error, creo en la teatralidad, en la mentira, en la creatividad, en el juego, en la duda, en la contradicción, creo en la humanidad. Tampoco creo en los beneficios económicos, ni en la justicia, ni en la proyección que pueda llegar a tener el fútbol a nivel mundial gracias a esta herramienta de mejora. Pienso que el desastre está por venir al menos para mí. No es romanticismo ni mucho menos. Es el paso del tiempo. Mañana la IA será el médico en casa y se nos olvidará que hubo una vez en la que nuestra creatividad y nuestra intuición marcó la manera como resolvíamos un problema.
Cuando los futbolistas sean multados y castigados por taparse los labios cuando le hablen al rival en la cancha, habremos perdido lo único que nos quedaba del mundo clásico: lo apolíneo y lo dionisiaco. En ese momento el VAR habrá ganado esta batalla, una batalla que muy seguramente nació con la única intención de combatir la corrupción y la mafia y la compra de partidos en el fútbol. Lástima que al igual que todo lo que pasa por las manos del hombre, el VAR nos recordará todos los días que un día vimos a Napoleón como el salvador y al otro día lo vimos como emperador.




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